"El tiempo ah pasado, y la niñez se nos fue. Aquellos juegos de amor y placer, son solo parte de ayer. Hemos crecido, y el sentimiento también. Ya no es un juego solamente, pero aun se puede perder.
Veo como el tiempo pasa y la distancia empieza a crecer, veo como todo cambia y nada vuelve a ser lo que fue.
Un día te veré caer y como un necio, preso de mi propio sentir, te sostendré, levantare y protegeré sin ilusión o esperanza alguna de reciprocidad. Pero con la fe de creer que habré sido la mitad del hombre que debí ser para ti, y solo por ti."
jueves, 10 de octubre de 2013
domingo, 6 de octubre de 2013
Escape de Londres
Fue una noche como esta, fría, oscura y sin luna, en la que el joven Michael emprendió su viaje. Muchas cosas dejo atrás, pero él solo pensaba en lo que podía encontrar al llegar a su destino.
Caminó decidido y sin mirar atrás el oscuro bulevar R. withcold, pensando en que diría una vez que se notara su ausencia.
Lo que más le apenaba era pensar en cómo se sentiría su madre. Su relación con ella era simplemente perfecta; nunca le desobedeció y por lo tanto ella nunca le castigo o regaño. Las tardes juntos en el jardín del patio, siempre estaban presentes en sus pupilas, siempre latentes en su corazón. Lamentaba que no fuera así con su padre, el hombre de negocios, el Sr. Moondark, el "jefe".
Su padre, el hombre de trabajo, que se esforzaba tanto por que progrese su pequeña fábrica textil que llegaba descuidar su familia sin siquiera pensarlo. –“el no es malo, solo busca que tengamos lo mejor”- le decía su madre al pequeño Michael. Ahora, siendo todo un adolescente piensa que su padre, tal vez en ese empeño de darles un gran nivel de vida, se olvido de entregarles lo más importante, “su afecto”.
El estrés del trabajo hizo del señor Moondark, un hombre amargado que solo se quejaba de su vida, que siempre pensaba que podía tener más, y que descargaba su bronca con su amada esposa.
La madre de Michael, siempre fue de un carácter muy pasivo y sumiso, y sin embargo soporto siempre fuerte y decidida cada uno de los arrebatos de ira inconscientes de su esposo. Michael siguió caminando, por el bulevar hasta llegar a la calle Green, en la que giro hacia la derecha. Ya solo estaba a unas cuadras de la estación del tren. En esa estación recuerda que fueron a esperar a su hermano mayor Thomas, junto a sus padres.
Su hermano había partido hacia la guerra por defender unas tierras lejanas, sobre las cuales su nación decía tener derechos. Nunca supo bien como era esa historia, simplemente nunca le interesó mucho los asuntos militares y políticos de su nación. Lo único que sabía es que esa guerra la ganaron, y que el enemigo fue un país Sudamericano al que obviamente, jamás convenció el resultado.
Thomas había recibido una medalla por su desempeño durante la guerra, de la cual no se encontraba orgulloso. El Sr. Moondark decía que le habían dado esa medalla a su hijo por ser el mejor y querer a su país. Thomas, decía en cambio, que se la gano matando inocentes.
Mientras recordaban esa tarde en que llego su hermano, en la cual fue recibido como héroe junto a varios soldados que volvían sus hogares, nuestro joven aventurero ya estaba en la estación. Pronto llegaría el tren que lo llevaría a emprender su largo viaje.
El cielo seguía oscuro. Ni la luna, ni una estrella, nada que alumbrara. El viejo farol de la estación, todo sucio y lleno de polvo, titilaba como intentaba alumbrar.
Distraído replanteando una vez más su ruta de viaje, fue sorprendido por una peculiar compañía. Un cachorrito estaba a su lado. Parecía extraviado, sin embargo no estaba seguro de ello.
-¿estás extraviado amiguito?- le pregunto Michael- ¿Cómo te llamas?- insistió observando atentamente al cachorro en búsqueda de alguna identificación.
El frío se volvía más riguroso segundo a segundo, y Michael esperaba la llegada del tren que lo llevaría fuera de la ciudad, lejos de su vida.
El perrito lo miraba atento. El muchacho tomo al animal entre sus manos, lo coloco sobre sus piernas, y mientras lo acariciaba, más recuerdos llegaban a su mente. Entonces, sin darse cuenta y perdido en su pasado, Michael se vio en vuelto por la luz del tren que con su sonido lo trajo de vuelta al presente.
-Ya es hora…- se dijo el muchacho. Con el perrito en sus manos camino 6 pasos hasta fin del andén, frente a las vías. Espero a que el tren frenara y abriera sus puertas para subir. Miró a atrás, cuando puso un pie en el vagón, y volvió a pensar en su madre, su padre, su hermano, sus amigos y en todos los que conocía. Incluso pensó en aquella niña de ojos dulces y picara sonrisa que tanto lo distrajo en los últimos días. Se pregunto si estaba haciendo lo correcto y si debería volver a su hogar y olvidar todo esto. Para cuando se dio cuenta, la estación ya había quedado atrás. El tren, no espero a que pudiera analizar su decisión.
Allí partía, Michael Moondark, un joven de tan solo 12 años escapando de su Londres natal, escapando de su vida, como cada noche… una vez más.
Caminó decidido y sin mirar atrás el oscuro bulevar R. withcold, pensando en que diría una vez que se notara su ausencia.
Lo que más le apenaba era pensar en cómo se sentiría su madre. Su relación con ella era simplemente perfecta; nunca le desobedeció y por lo tanto ella nunca le castigo o regaño. Las tardes juntos en el jardín del patio, siempre estaban presentes en sus pupilas, siempre latentes en su corazón. Lamentaba que no fuera así con su padre, el hombre de negocios, el Sr. Moondark, el "jefe".
Su padre, el hombre de trabajo, que se esforzaba tanto por que progrese su pequeña fábrica textil que llegaba descuidar su familia sin siquiera pensarlo. –“el no es malo, solo busca que tengamos lo mejor”- le decía su madre al pequeño Michael. Ahora, siendo todo un adolescente piensa que su padre, tal vez en ese empeño de darles un gran nivel de vida, se olvido de entregarles lo más importante, “su afecto”.
El estrés del trabajo hizo del señor Moondark, un hombre amargado que solo se quejaba de su vida, que siempre pensaba que podía tener más, y que descargaba su bronca con su amada esposa.
La madre de Michael, siempre fue de un carácter muy pasivo y sumiso, y sin embargo soporto siempre fuerte y decidida cada uno de los arrebatos de ira inconscientes de su esposo. Michael siguió caminando, por el bulevar hasta llegar a la calle Green, en la que giro hacia la derecha. Ya solo estaba a unas cuadras de la estación del tren. En esa estación recuerda que fueron a esperar a su hermano mayor Thomas, junto a sus padres.
Su hermano había partido hacia la guerra por defender unas tierras lejanas, sobre las cuales su nación decía tener derechos. Nunca supo bien como era esa historia, simplemente nunca le interesó mucho los asuntos militares y políticos de su nación. Lo único que sabía es que esa guerra la ganaron, y que el enemigo fue un país Sudamericano al que obviamente, jamás convenció el resultado.
Thomas había recibido una medalla por su desempeño durante la guerra, de la cual no se encontraba orgulloso. El Sr. Moondark decía que le habían dado esa medalla a su hijo por ser el mejor y querer a su país. Thomas, decía en cambio, que se la gano matando inocentes.
Mientras recordaban esa tarde en que llego su hermano, en la cual fue recibido como héroe junto a varios soldados que volvían sus hogares, nuestro joven aventurero ya estaba en la estación. Pronto llegaría el tren que lo llevaría a emprender su largo viaje.
El cielo seguía oscuro. Ni la luna, ni una estrella, nada que alumbrara. El viejo farol de la estación, todo sucio y lleno de polvo, titilaba como intentaba alumbrar.
Distraído replanteando una vez más su ruta de viaje, fue sorprendido por una peculiar compañía. Un cachorrito estaba a su lado. Parecía extraviado, sin embargo no estaba seguro de ello.
-¿estás extraviado amiguito?- le pregunto Michael- ¿Cómo te llamas?- insistió observando atentamente al cachorro en búsqueda de alguna identificación.
El frío se volvía más riguroso segundo a segundo, y Michael esperaba la llegada del tren que lo llevaría fuera de la ciudad, lejos de su vida.
El perrito lo miraba atento. El muchacho tomo al animal entre sus manos, lo coloco sobre sus piernas, y mientras lo acariciaba, más recuerdos llegaban a su mente. Entonces, sin darse cuenta y perdido en su pasado, Michael se vio en vuelto por la luz del tren que con su sonido lo trajo de vuelta al presente.
-Ya es hora…- se dijo el muchacho. Con el perrito en sus manos camino 6 pasos hasta fin del andén, frente a las vías. Espero a que el tren frenara y abriera sus puertas para subir. Miró a atrás, cuando puso un pie en el vagón, y volvió a pensar en su madre, su padre, su hermano, sus amigos y en todos los que conocía. Incluso pensó en aquella niña de ojos dulces y picara sonrisa que tanto lo distrajo en los últimos días. Se pregunto si estaba haciendo lo correcto y si debería volver a su hogar y olvidar todo esto. Para cuando se dio cuenta, la estación ya había quedado atrás. El tren, no espero a que pudiera analizar su decisión.
Allí partía, Michael Moondark, un joven de tan solo 12 años escapando de su Londres natal, escapando de su vida, como cada noche… una vez más.
sábado, 5 de octubre de 2013
Sueño del enamorado
"Era el sueño de un muchacho, el que rompió el frío, y sus palabras quedaron en el olvido.
Perdón pidió, una y otra vez sin alivio, a cambio de un amor que al final, fue fingido.
La sombra, del muchacho, fue perdiéndose. Su alma se fue marchitando. Por que es tan difícil amar, se preguntaba; porque es tan difícil ser amado, se preguntaba. Será que su destino es ser fracasado, que su meta es ser engañado. Piensa y piensa el muchacho, esperando despertar de lo que talvez no sea un sueño, sino su triste y simple realidad."
Perdón pidió, una y otra vez sin alivio, a cambio de un amor que al final, fue fingido.
La sombra, del muchacho, fue perdiéndose. Su alma se fue marchitando. Por que es tan difícil amar, se preguntaba; porque es tan difícil ser amado, se preguntaba. Será que su destino es ser fracasado, que su meta es ser engañado. Piensa y piensa el muchacho, esperando despertar de lo que talvez no sea un sueño, sino su triste y simple realidad."
Carta al amor de un difunto (25 de febrero de 1760)
25 de febrero de 1760:
Era una tarde soleada, sin muchas cosas para hacer la magnifica ciudad de Londres. Entonces, alguien llamo a la puerta en la humilde casa de la señora Lucia Monteros.
Era un mensajero que traía una carta con su nombre en ella. Le pregunto sobre quien la había enviado, y el hombre solo atino a decirle que la carta era un poco antigua ya que había sido detenido el barco que la traía por un bloqueo de la armada enemiga.
La mujer abrió la carta con una serenidad innata, comenzó a leer poco a poco. La carta, aunque un tanto ilegible, decía lo siguiente:
17 DE JULIO DE 1758
Querida amiga:
Hoy le escribo no solo para saber sobre usted y sobre su vida, sino porque quiero contarle algo que descubrí hace un tiempo atrás. Por favor no interprete mal mis palabras, no es que no quiera saber sobre usted, sino que me urge confesarle este secreto.
Debe saber mi estimada lucia que hoy hacen 10 años desde que inicio esta dulce y sincera amistad. También es necesario que conozca,mi situacion. Que no vivo un minuto sin recordar nuestros paseos, nuestras íntimas conversaciones y las locuras que imaginábamos junto a aquel rosal en la vieja estancia. Sin embargo lo que mas recuerdo fue aquel día de su partida, hacia la majestuosa ciudad de Londres. Esa tarde, debo confesarle, fue la más triste de mi larga vida. Dicen que no es de hombres llorar, pero ese día no pude evitar, una lagrima derramar.
Aquel día llore no solo por que se fue una amiga, sino por que el que partió, fue el amor de mi vida. Si, así es mi amada Lucia, fuiste y serás, la mujer que como ha nadie he amado.
Espero, mi querida, no ser irrespetuoso o sonar impulsivo, pero es que confesar necesito, que solo por ti he vivido. Pues hoy, mi Lucia, estoy casi extinto; una enfermedad terminal me ha relegado a una cama y un cuarto sin poder levantar mi cuerpo ya rendido. Solo me quedan fuerzas para escribir esta carta para contarle lo que por usted todo este tiempo he sentido.
Ruego, llegue a usted, estas simples palabras y que el tiempo se convierta en nuestro aliado y pueda una vez mas volver a verla aunque sea por un segundo, pues así, seria el más feliz de los difuntos.
Atte. Su leal amigo y enamorado varón, Julián.
Era una tarde soleada, sin muchas cosas para hacer la magnifica ciudad de Londres. Entonces, alguien llamo a la puerta en la humilde casa de la señora Lucia Monteros.
Era un mensajero que traía una carta con su nombre en ella. Le pregunto sobre quien la había enviado, y el hombre solo atino a decirle que la carta era un poco antigua ya que había sido detenido el barco que la traía por un bloqueo de la armada enemiga.
La mujer abrió la carta con una serenidad innata, comenzó a leer poco a poco. La carta, aunque un tanto ilegible, decía lo siguiente:
17 DE JULIO DE 1758
Querida amiga:
Hoy le escribo no solo para saber sobre usted y sobre su vida, sino porque quiero contarle algo que descubrí hace un tiempo atrás. Por favor no interprete mal mis palabras, no es que no quiera saber sobre usted, sino que me urge confesarle este secreto.
Debe saber mi estimada lucia que hoy hacen 10 años desde que inicio esta dulce y sincera amistad. También es necesario que conozca,mi situacion. Que no vivo un minuto sin recordar nuestros paseos, nuestras íntimas conversaciones y las locuras que imaginábamos junto a aquel rosal en la vieja estancia. Sin embargo lo que mas recuerdo fue aquel día de su partida, hacia la majestuosa ciudad de Londres. Esa tarde, debo confesarle, fue la más triste de mi larga vida. Dicen que no es de hombres llorar, pero ese día no pude evitar, una lagrima derramar.
Aquel día llore no solo por que se fue una amiga, sino por que el que partió, fue el amor de mi vida. Si, así es mi amada Lucia, fuiste y serás, la mujer que como ha nadie he amado.
Espero, mi querida, no ser irrespetuoso o sonar impulsivo, pero es que confesar necesito, que solo por ti he vivido. Pues hoy, mi Lucia, estoy casi extinto; una enfermedad terminal me ha relegado a una cama y un cuarto sin poder levantar mi cuerpo ya rendido. Solo me quedan fuerzas para escribir esta carta para contarle lo que por usted todo este tiempo he sentido.
Ruego, llegue a usted, estas simples palabras y que el tiempo se convierta en nuestro aliado y pueda una vez mas volver a verla aunque sea por un segundo, pues así, seria el más feliz de los difuntos.
Atte. Su leal amigo y enamorado varón, Julián.
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